Ema Elisabet Ibañez
Los espacios de las escuelas muchas veces se cargan de la energía de las personas. Cuando recuerdo mis aulas de primaria, las veo llenas de bancos, pizarrones de tiza y ventanas hacia el patio o la galería. El silencio era absoluto y no llevar los elementos requeridos podía significar un negativo.
Siempre fui introvertida, callada y tímida. Cumplía con lo que me pedían, aunque muchas veces fui considerada “la tonta” que no podía aprender de memoria. Mi infancia escolar no está llena de colores: sufrí maltrato y hostigamiento por parte de una docente. La situación llegó a tal punto que algunos compañeros intervinieron y finalmente pude contar lo sucedido junto a mi familia. La docente se fue a otra escuela, pero aquella experiencia dejó una huella en mí.
En la secundaria continué siendo la misma estudiante silenciosa. Los informes decían: “cumple, es callada, tímida e introvertida”. Comencé sola y me llevó más tiempo terminar. Sin embargo, una persona, un cuidador del gimnasio municipal, me dijo: “Vos podés, vas a terminar y algún día te vas a recibir”. Fue la primera vez que sentí que alguien creía en mí.
Años después, siendo preceptora, me reencontré con docentes que habían formado parte de mi historia. Una de ellas había sido mi profesora de Química. Logré aprobar esa materia gracias al acompañamiento de un profesor particular que creyó en mí.
Aprendí que no solo los lugares nos marcan, también las personas. La empatía y la confianza pueden transformar trayectorias.
Soy Ema, docente de nivel secundario, y espero que este curso me brinde herramientas para generar aprendizajes significativos en mí y en mis estudiantes.