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Julieta Marisol Victoria

¡Hola!
Uno de los ambientes de aprendizaje que recuerdo con mucho cariño es la sala de Nivel Inicial en la escuela Fausto Burgos en la provincia de Tucumán, allá por 1995, y mi maestra, la señora Rosita.
Recuerdo nuestro guardapolvo rojo, con el bolsillo a cuadrillé, y también presencia de la docente; siempre impecable, con su guardapolvo rojo, su pollera y sus zapatos con tacos. Pero, sobre todo, recuerdo la manera en que nos enseñaba.
Sus clases estaban llenas de juegos, aprendizajes, exploración y motivación. Recuerdo especialmente los momentos de juego en el patio, donde aprendíamos compartiendo, descubriendo y experimentando con otros. No era solamente aprender contenidos; era sentirnos parte, poder jugar, expresarnos y disfrutar de aprender.
La seño Rosita tenía una manera especial de acompañarnos. Nos hacía sentir mirados, escuchados y queridos. Se podía percibir el amor y la pasión que ponía en cada propuesta, y eso hacía que la experiencia de ir al jardín fuera algo que esperábamos con entusiasmo.
Hoy, al mirar ese recuerdo desde mi experiencia como docente, puedo reconocer la huella que dejó en mí. Me hace pensar en la importancia de los vínculos y de la mirada del docente, y en cómo una experiencia educativa atravesada por el afecto, el juego y el acompañamiento puede permanecer en nuestra memoria durante muchos años.